CONFESIONES DE ORIGEN

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Ya llevaban un mes, y la cosa iba bien en el plano emocional, aunque no en el sexual. No podía llegar al orgasmo. Cada vez que se desnudaba, la mirada fiera y la confianza que la caracterizaban, se le caían con los pantalones, a los pies de la cama.

Dudaba de si debía sincerarse con él, y decirle de dónde venía sexualmente.

La conquista del orgasmo femenino requiere un aprendizaje, y una trayectoria, que no siempre tienen lugar.

Pensó en todos los clítoris ablados como trozos de melocotón, que caían sobre la tierra batida, en las chozas oscuras en el corazón de África. Pensó en todas las mujeres del pasado y del presente que jamás habían experimentado orgasmo alguno. Culturas demasiado restrictivas; algunas aún vigentes.

Ser mujer.

Ser mujer y tener una fisiología, que al contrario de la del hombre, no liga inherentemente la consumación sexual al orgasmo. Una necesidad más lenta, de ir escalando, de soltarse sólo al llegar a cierta profundidad excavando.

Se tocó sus genitales agradecida de su integridad, pero suspiró pensando qué de dónde sus padres venían, los animales sí eran sexuales, pero las personas no. Estas estaban por encima de ello, tenían moral y espíritu.
Es culpa de Platón. ¡Cuánto daño ha causado con su puñetero mundo de las ideas! Su desprecio por lo terrenal y material; por lo tangible y físico. Por no bastarle los átomos, los electrones, el carbono, el hidrógeno, los lagos, las mariposas y las briznas de hierba. Por empeñarse en crear el espejismo de un mundo celestial, paralelo y mejor.

Pensó en todos los apóstatas, y las hachas imaginarias colgando sobre sus yugulares, y su filo que brillaba con un fulgor cegador en el abismo de las noches en las que los párpados no alcanzaban a cubrir los ojos, llenos de lágrimas.

Pensó en la miseria, que tenía brazos largos que se alargaban abarcando con sus garras a varias generaciones. Dónde la libertad de pensamiento, de credo, y de vivir una vida que se saliera de lo que esperaban de uno, no era un don asumido, sino un sueño lejano por el se tenía que luchar cuándo la mediocridad se manifestaba con cadenas pesadas que sólo permitían avanzar arrastrando los pies.

***

Temía que él viese que todo era muy complicado, y que de alguna manera, al confesarse su proveniencia explícitamente, se crease una resistencia emocional entre ambos.

Una barrera que se densificaría a medida que él asimilase su historia, y que apreciándola mucho, dejase de estar a punto de quererla…

Justamente cuándo en realidad todas sus tremendas ganas de vivir, el empuje que ella tenía y la intensidad con la que experimentaba todo, lo debía a lo agradecida que estaba por su pequeña porción de libertad.  Esa libertad que había conseguido a arañazos, con pequeñas rebeliones, y constituían pequeños triunfos contra la infraestructura del carril por el que la querían hacer transitar.

Quizás era todo muy prematuro para tal grado de intimidad.

Una memoria le viene a la cabeza, un: “Quiero que te corras” exhalado y su sonrisilla provocadora, expectante, desde la posición de semi-incorporado, desnudo. Sacudió la cabeza en la oscuridad, volviendo al lugar misterioso dónde vamos a parar para revivir las memorias, o imaginarlas. Se lo contaría todo, concluyó para sí misma. Si él la tenía que querer, más le valía conocerla bien. Aunque sólo fuera para quererla mejor.

Cogió aire arrugando la frente.

Lo invitaría a tomar algo donde pudiesen hablar de estas cosas, sin gente con la mosca tras la oreja. En un lugar tranquilo, las palabras resuenan demasiado, y los silencios pesan vibrando suspendidos en el aire. Mejor en un tugurio oscuro, con música y birras, de modo que tuvieran que inclinar la cabeza de uno sobre la del otro para oírse entre el murmullo, y para que la cerveza le diese un empujoncito a las confesiones que se resistían a salir del corazón de la boca.
Asintió lentamente pensando en lo curioso que era que le hiciera falta un lugar ruidoso, más que uno tranquilo y silencioso para transmitir su mensaje.

Empezaría diciendo:                                              …

Fotografía: Helmut Newton, una escena del Ballet de Pina Bausch 1983

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