Ella era una hipster, así que él también lo sería.

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Me gustaría coger la emoción de Clèmentine Pierre y untarla en este relato; que cojas la página cuál rebanada y que al morderla salga inundando tu cavidad bucal. Y que luego beses a alguien con la boca llena de restos. Si puedes.

Hay algo sacro en la cavidad bucal, en el sabor de tu propia saliva. Al besar, le das al otro para que pruebe el gusto de tu  identidad. Y si no te gustan unos besos, ya no vuelves por más. Por atractivo que sea el portador. Alguna gente piensa que se puede reconocer inconscientemente la compatibilidad del sistema inmune en el gusto de las proteínas de la saliva. Quizás sea todo más complicado que eso.

La cavidad bucal de Barcelona; La cavidad bucal de Manhattan ¿Sabrán distintos los besos en otra ciudad? No lo sabía, pues el objeto de su amor era de mármol. Sus labios sellados no podía separarlos mi lengua, ni la de Clèmentine.

Él era una escultura del Louvre.

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Cómo la mayoría de nosotros, Clèmentine se había acostumbrado a la estética de la cotidianidad que la envolvía, y caminaba indolentemente por los puentes y callejones adoquinados de París, sin sentir nada. La exposición continua a la belleza, le había creado una especie de tolerancia, un entumecimiento del alma.

Hasta que le vio.

Se tendría que reivindicar más el desnudo masculino. No tenía nada en contra de la redondez exquisita de los pechos tiernos, o la silueta de una cintura esbelta; pero sentía que el desnudo masculino estaba infravalorado, y que quizás por cada diez femeninos, había sólo uno masculino. Y además sentía que algunos masculinos, eran más bien feminoides, o al límite andróginos.

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Desde luego Apolo, en sus múltiples representaciones del Louvre tenía una fragilidad y aires no demasiado viriles. Pero ella, a quién amaba era a Hércules.  Al erguido, barbudo y soberbio Hércules de Bosio. Ese torso tan ancho en el que se moría de ganas de posar las palmas de las manos bien extendidas, esos hombros poderosos,  esas caderas con los huesos bien marcados a los que arrimarse, deleitándose de su  perfección.

Cada día que tenía un rato libre, se iba al Louvre, y atravesaba las salas como una exhalación hasta  llegar a su Hércules. Le daban igual los otros tres kilómetros de exposición que conformaban el museo. Para ella todo se reducía a él. Se dejaba caer en la banqueta de delante suyo y le hacía compañía durante horas.
Y cada día, antes de ir a verle, se aplicaba cuidadosamente le rouge à lèvres y se colocaba calculadamente esos mechones con aire accidental.

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Un día se atrevió a ir más allá: con las yemas de los dedos toco el frío mármol blanco. Utilizó la mano derecha, porque los dedos de la izquierda los tenía insensibles por el rasgueo de la guitarra y tuvo un escalofrío al notar una pequeña descarga de electricidad estática. ¡Era una señal!  Un símbolo del nerviosismo mutuo en ese momento especial en el que los dos seres de mundos excluyentes se habían tocado por primera vez. Sus músculos zigomáticos tiraron de los bordes de sus labios, que cuál cortina de teatro se abrieron lentamente en una emergente sonrisa.

Entonces llegó una masa de turistas asiáticos, con sus audio-guías y sus cámaras, que rodearon a su precioso cuerpo clásico empujándola a la periferia. Enrojeció de celos al ver cómo él posaba para todos con la misma altanería y elegancia que para ella. Contrariada se fue a casa. Se desvistió y se metió en la cama.

“Te quiero, aquí y ahora” pensó.

“Te he imaginado tantas veces. Tu sonrisa reposando perpendicular a la almohada, a un palmo de mi cara.”

***

El día siguiente, en cuanto hubo terminado sus quehaceres diarios, volvió a arreglarse y se dirigió al Louvre. No se arreglaba para ir a todos lados, de modo que cuando lo hacía, el resultado la hacía permanecer algo más de tiempo contemplándose en el espejo con los ojos muy abiertos. Algunas veces hasta se inclinaba para besar su reflejo, y luego se iba llena de satisfacción. Se daba cuenta que esos días andaba más erguida, sus pasos eran más firmes y su voz tenía un timbre más estable. El poder de la seguridad en uno mismo. Lamentablemente justo tenía 25 años, y la semana siguiente justo cumpliría 26, y se horrorizó al pensar que tendría que pagar cada vez que tuviese que ir a ver a su amado. Tendría que acelerar su cortejo. Tendría que aprovechar cada minuto.

Le llevaba libros con sus poemas favoritos que le leía de pie, mirándolo de vez en cuando, mientras jugueteaba con un mechón, con una sonrisa ladeada. A menudo la gente hacía corrillo alrededor pues se pensaban que era una “performance” de arte moderno.

No puedo crecer brazos cual pulpo metafísico y abarcar todos los campos, todas las disciplinas, seguir todas las pulsiones, los pálpitos de mis deseos.

 Ir a todos los destinos, ver las cosas microscópicas, y telescópicas.

Y también todas las que vio aquel androide en el tejado, y que se perdieron,

cómo lágrimas entre la lluvia.

Ser Blanca y negra.

Penetrar y ser penetrada

por tu mirada,

y la de aquel otro.

Tendré que elegir,

Pero no en el futuro, ahora

Porqué hasta no elegir,

es elegir no elegir.”

Una vez vio a una mujer de cara fofa, obesa de mediana edad y pelo graso que miraba descaradamente los genitales de mármol de su amado mientras se rascaba el trasero con la boca abierta.

Se indignó profundamente.

Luego no podía evitar fijarse si la gente miraba los genitales de su hombre. Y constató con horror que precisamente era justo dónde más segundos se demoraban las miradas de los visitantes. Aquello era inadmisible. Lo miró a los ojos, con un fervor mudo, y le pareció que la mirada de pupilas vacías parecía un poco más triste “¿y que puedo hacer yo?” parecía decirle; así que se fue pisando muy fuerte.

El día siguiente volvió con un hatillo de ropa. Lo dejó caer a los pies de la estatua, y procedió a ir cogiendo prenda por prenda y vestirle. Ella era una hipster, así que él también lo sería. La gente de nuevo la rodeó pensando que sería una especie de actuación artística. Hasta que lo tuvo completamente vestido.hercules hipster

Uno de los asistentes pensó que de todos modos era sospechoso que una sola chica hiciera eso sin ayuda, y manipulando una escultura que podría valer muchísimo dinero, y avisó a seguridad.

Llegaron justo cuándo se cruzaba los brazos contemplando a pocos metros el resultado. “Pareces todo un dandy” pensó sonriendo para sus adentros y afueras.

-FIN-

Fotografía de encabezamiento: “recorte” de Sátiro dormido.

Fotografías hipsters: “colección Street Stone” de Alexis Persani y Léo Caillard

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satiro dormido

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7 comentarios en “Ella era una hipster, así que él también lo sería.

  1. ¡Bien hilado! En el mundo clásico no sabían aquello de que es mejor insinuar que mostrar; seguro que el Hércules gana mucho en cuanto le pones cuatro trapos.
    Esperemos que no se lo roben a la pobre chica.

  2. Chulisimas las fotos! 🙂 Y el texto, claro.
    Y por que no? Tambien se puede una enamorar de un personaje de un libro, de una peli o una serie (no, no hablo del actor). Por que no de una escultura?
    Imaginate si la escultura la hicieras tu,(quiero decir, la protagonista de tu historia) o simplemente te pusieras a reproducirla modelando en barro. Entonces es todo mucho mas organico, todo se siente mas, se humedece, se moldea y se perfecciona. 🙂 La escultura no era lo mio, pero modelar tenia su cosa. 🙂

    Saludos!

    • Cómo dices, esto de crear con las manos, tiene algo de mágico, ciertamente. 🙂

      Me alegro que te gustara :). Intento hacer ahora ficción, y creo que el absurdo es un terreno que me atrae bastante…a ver a dónde me lleva

      Muchos besos, guapísima!

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