Todos los barceloneses vamos en bus turístico. O las misteriosas desapariciones de las estudiantes del Clínic.

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Voy en bus. No, no, ¡que va!
Estoy estoy en casa, y le digo a mi padre que suba el volumen de la tele. Qué por el amor de dios, el delegado estirado de mi clase es un asesino en serie. Las rallitas verdes rellenan la pantalla horizontalmente. Me pregunta si estoy sorda. Le digo que sí, que por eso hablo tan fuerte.

Rafael Carreras ha matado al menos a dos compañeras de nuestro curso. Ahora todos lo sabemos. Antes sólo podíamos extrañarnos con las desapariciones progresivas de chicas de la facultad de medicina de la Universidad de Barcelona.  Al principio casi nadie se dio, cuenta. Y es que en medicina casi todos, somos mujeres. Si Rafael Carreras, hubiera empezado eliminando a los chicos, nos hubiéramos dado cuenta antes. Triste pero cierto. ¿Misoginia? ¿Deseo sexual frustrado? o ¿Simple abundancia estadística? Nos encogemos de hombros.

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Empezaron a investigarse los hechos de manera oficial, y la conmoción y el morbo infestaban de rumores las conversas entre el alumnado, el barrio y las familias: <<Sus cuerpos descuartizados, forman parte de las piezas con las que los de primero y segundo aprenden anatomía en la morgue, abajo en el sótano/Se ve que han desaparecido hipnóticos, y LSD del laboratorio de psiquiatría/Parece que las desaparecidas han descubierto una nueva droga y las han hecho desaparecer para patentarla/Hongos alucinógenos/ intoxicación por sobredosis de drogas de diseño experimentales/La última vez que las vieron, iban disfrazadas de “what does the fox say”/Fucking Seygmur Hoffmann>>

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Estudio sin parpadear y a todo volumen las grabaciones del telediario barato de la tele. En la pantalla se ve el reportero con la facultad de fondo, pero no llega a verse ni la mitad de la fachada del edificio, porque el reportero no puede posicionarse bien, porque lo impide el mercado provisionalmente-permanente del Ninot; que está tan aglutinado a la facultad, que no permite alejarse mucho para coger perspectiva y ángulo. Así retransmiten las imágenes del lugar de los hechos, sin enseñar caras. Ambientación: batas blancas, cruzando entre las verduras, tomates, manzanas, y jamones de la charcutería. Somos los únicos médicos del mundo que atravesamos un mercado para ir de las consultas externas, al resto del hospital, dónde los ingresados y los quirófanos.  Más ambientación: las filas infinitas de taquilllas tapizando los corredores silenciosos del sótano, los arbustos mal enfocados del claustro,  algunas columnas de piedra fría y los suelos de ajedrez. De repente imágenes borrosas de una piscina, que deduzco, se deben haber colado entre los fotogramas del archivo, ya que no hay piscina en la facultad de medicina. Todo ello con el filtro casi sepia del telediario y la voz sin inflexiones que lee de un rollo que gira en una pantalla, rellenando de color las líneas leídas, como un karaoke sin música.

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Las investigaciones comenzaron finalmente a raíz de la denuncia de la María Pérez. La chica normal que no quería serlo, y por eso en lo que vienen a ser los seis años de carrera ha pasado de morena, a rubia, a pelirroja, a caoba. También ha flirteado con diferentes texturas de cabello. Pero la genética es intransigente, y se dedica a traducir nuestro código a proteínas, sin importarle mucho lo qué opinemos del resultado. El dogma indiferente de la biología. Y en el caso de María Pérez, no era fatal, pero sí totalmente anodino. Una cara sin interés, un cuerpo rechoncho y bajito. Y es que ella sabe que la facultad es todo un High-school americano. Y que ella no era nadie. Postureo-postureo-postureo..repite un voz en off. Fundido y fuera.

En quirófano María también era demasiadas veces un estorbo físico. Se aburriría en el entorno estéril y se dedicaba a lamer la mascarilla por dentro, porque nadie puede verlo. Y a maravillarse por la increíble la cantidad de basura que se genera en una intervención quirúrgica. Todo viene empaquetado individualmente. La impronta carbónica enorme que se paga por la esterilidad. Y no le parecía ni bien ni mal. Simplemente era un montón de basura.

Pienso en María Pérez, y en mi vida secreta al “descubierto”. Estoy en ese pueblo manchego de postal. Paredes de color canela. En el brazo llevo una escayola, pintada. Es de poliéster. No entiendo qué hago aquí y pienso en los hongos que hay en las duchas, porque acabo de salir de un polideportivo Ahora ubico la piscina. ¡La piscina del telediario! Hay algo que yo sé, y que no he querido recordar, y esta relacionado con este asunto tan feo. Con Rafael Carreras. Me esfuerzo. En ese momento coincido con Carlos. Un amigo de mi infancia. Le señalo nuestros amigos en común. De repente me doy cuenta de que me ha roto la concentración, y de que todavía no sé que hago allí, y todo el asunto de las muertes. Y la popularidad en la facultad. Me estreso, e intento quitarme la escayola golpeándola con la pared, arranco el poliéster con las uñas. Vuelan bolitas blancas y trozos de ese corcho sintético que es el poliéster. Estoy frenética. No diré histérica. Nunca me gustó la palabra histérica. Es el núcleo, el cuore de la misoginia. Todos los males salen del útero, histeros en griego, el hombre también.

Y entonces me azota el recuerdo entre las bolitas de poliéster blancas suspendidas en el aire. Basura flotando. Entonces recuerdo que fui en bus.

Y en el recuerdo, voy en el bus.

Voy en el bus descubierto. De esos rojos con los monumentos impresos en el lateral, que no paramos de cogen tan a menudo los barceloneses. Estoy en las ramblas. Voy sentada al lado de Rafael Carreras; y hay un hombre cincuentón a mi otro lado. En una realización interna sé que es él el asesino, y desde el autobús sólo veo a guiris indiferentes paseando con sombreros mejicanos y sandalias y calcetines  con sus pieles de color gamba. El bus avanza tan despacio que aguantas la respiración. Estamos pasando por al lado de las terrazas de las ramblas dónde se sirven pseudo-paellas, a turistas de más de cincuenta años. Señoras sólidas alemanas con sus brazos robustos y cuerpos en tonel, permanentes de color liloso, consumiendo sangría, y haciéndose fotos con sus cámaras digitales sin sacarse las ridiculillas gafas de sol, pantalones pirata y pantorrillas blanco color pan bimbo. Empiezo a llorar. De la manera en la que el llanto sale del alma y por eso mi cara se distorsiona de esa manera en la que se distorsiona por el llanto autentico, porque en ese momento no estas por la estética, y pareces una máscara griega. Y más al ver tanta fealdad a tu alrededor. Una grieta inmensa. Una herida fresca. En el bus hay una mesa. Le pasas al hombre un terrón de azúcar deslizándolo por la mesa. Está envuelto en papel, tiene cuatro unidades dentro. Cuatro terroncitos. En ese memento lo lamentas. Pero había sido un automatismo. El hombre saca con ceremoniosidad una escopeta de caza mete los terrones en la recamara. Dispara uno al brazo robusto de la turista alemana. Puedo ver el milisegundo justo en el que el terroncito impacta, y penetra en la carne del brazo. Esa señora Müller o Schmidt va a morir; con la sangre dulce. Rafael carreras me pasa un brazo a mi alrededor en un gesto compasivo. Y sé que van a morir tres personas más. Una por cada bala. Un terrón de azúcar por cada alma.

 

*Primera fotografía, de una clase de medicina post-apocalíptica- Lori Nix- Post apocaliptic Urban Landscapnes: http://www.lorinix.net/

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