¿Es la nostalgia un dolor inventado?

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Desde luego, una de las “ventajas” de vivir en el extranjero es que siempre que sienta un poquito de pena, de penita, se tiene algo a lo que siempre que quiera puedo hacer responsable. Un culpable constante y a demanda. Un culpable que nunca falla. Siempre le puedo echar la culpa a la NOSTALGIA. Siempre puedo echarle la culpa de mi tristeza ocasional a los Km, a las ausencias. A la ausencia de muchos sonidos familiares, de la comprensión inmediata de todas las palabras, del monstruoso e imperdonable idioma alemán, de poder hablar sin fallos de declinación, de las cañas y las bravas, del mercadona, de la fruta y verdura que no valga a precio de marisco, de algunos olores, de algunas caras, de algunas calles, de un mojito como Dios manda, de un café que sepa normal. De Catalunya Radio a todo volumen por las mañanas en la cocina, mientras mi padre hace el café. De gente que al oír tortilla de patatas no se piensen que es un plato mejicano. Gente que sepa que el Catalán no es un dialecto del castellano, sino otro idioma. Gente que no cene a las 18h. Y un jefe que sepa lo que quiere decir estudiar en la UB de Barcelona, (y que no piense que en España tenemos un déficit cultural y que eso explique que gesticulemos más o que nuestro tono de voz sea normalmente más alto). Y sobretodo la ausencia de uno mismo, allí dónde uno siente que casi que se pierde las vidas de muchos seres queridos.

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Pero no nos engañemos, con lo rápido que se olvida puntualmente la pena que se sentía en el país de origen. Y albergar la creciente sospecha que quizás la pena actual (y normal!) poco tiene que ver con vivir en el extranjero normalmente. Sino con otra cosa, que no queremos ver. Y que sea sano, y hasta un síntoma de salud mental, apenarse razonablemente por ciertas cosas de vez en cuando, cuando tiene sentido y es explicable.

Y preguntarse si la nostalgia existe como tal, o tomársela como motivo de pena independiente.  Contemplar que sea un regodeo innecesario en la tristeza, más o menos auto-provocado. Cómo un experto en el arte de amargarse la vida, que le da a ese botón emocional para poder echarse en el sofá y llorar un ratillo, y darse unas palmaditas. Ay qué pena-penita que tengo! Ay que doló!  O cómo excusa, para no buscar qué es lo que realmente pasa, qué estamos intentando evitar, y qué deseo o sueño estamos aparcando detrás de la “nostalgia”. Y en lugar de salir, o hacer algo de provecho, quedarse en casa una tarde entera escuchando a Nacho Vegas (por ejemple esto), exactamente cuando llevas suficiente tiempo viviendo en el extranjero que leer en tu idioma se te hace extraño, pero adorable, cuando te atragantas con las consonantes de todas esas palabras familiares hace tiempo no pronunciadas. Ay, nada le hace a una sentirse más español que escuchar a Nacho Vegas en el extranjero. El castellano! La lengua de Cervantes! La lengua y su sonido amado, con todas sus “ces”.  Y una se encuentra dando palmas, con una pasión al más puro estilo andaluz, con un nudo en la garganta a pesar de haber nacido en Cataluña.
Y aún teniendo decenas de amigos alemanes, y cientos de planes que ya cumplí, y otros que cumpliré con ellos, la siento al estar en el metro, en medio de la humanidad; con las manos llenas de bolsas de la compra (o al estilo alemán una caja llena de comestibles) y escuchar alguna vez gente hablando en español con acento catalán, y oír hablar de temas que conozco, de playas con dunas conocidas, de campuses de la UPC y de la UB, de bares en los que tuve noches memorables y sentir de repente una soledad infantil.
Pero luego me distraen las cosas que la vida me hace, y las que yo le hago a ella, y me olvido. Y vuelvo a sufrir y a disfrutar por otras cosas, por otros temas, por otras gentes. Y además me pregunto: Si vuelvo a España: ¿echaré de menos Alemania?*¿La echaré de menos cómo eché de menos París en España? Ahora apenas pienso en París. Pero quizás sea por la falta de tiempo. Pero eso ya es otro tema. Y ahora que termino este texto se me ha vuelto a enfriado el café escribiendo. Odio el café frío, pero me da muchísimo palo hacerme otro.

*en realidad me pregunto: ¿Si vuelvo a España, encontraré un trabajo cómo médico en el que me paguen lo mismo?Y la respuesta ya la conozco.

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Fotografías de Huub Schilte and Jacqueline Portielje

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