Historietas a mis futuros hijos.

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Llevaba un mes en Tailandia, y más de seis semanas sin ver a L. Así que al día siguiente de volver a Munich, cogí otra vez la mochila, y me fui en tren a Passau a verle.  El reencuentro fue muy agradable, el  piso-WG  siempre estaba lleno de gente y había un ambiente prenavideño adorable en la pequeña ciudad a la frontera de Austria y Alemania .  Ya había luces en las callecitas, Glühwein, decoración y árboles navideños en la ciudad de los tres ríos: el Danubio azúl, el Eno y el Itz.  Y en el afán de distinguirse, los cauces de las aguas hasta tienen  un color distinto en la parte en la que fluyen juntos. Por las mañanas temprano los haces de nieva tapaban las partes altas de las casas antiguas en los callejones estrechos, y la parte de arriba de la iglesia católica románica en la plaza principal. A lo largo de la mañana iba despejando, y al medio día la niebla ya se había ido.

L  trabajaba durante el día y por las noches dormíamos juntos, pero dormíamos como troncos. Él estaba agotado, y yo aún tenía Jetlag.  Me empezaba a asustar el hecho  que  llevaba  casi seis días con Jetlag, y ya me estaba preguntando si mi ritmo circadiano algún día volvería a adaptarse, si volvería a la normalidad.  Después de un poco de indagación por suerte leí en algún lado, a través de Google que es normal tener por cada hora de desfase un día de Jetlag.

Gracias Google.

Me gustaría saber que googlea la gente en sus ordenadores cuándo nadie les mira. Qué googlean en los ratos muertos de introspección, y antes de ir a dormir. Lo más triste es que da igual, qué intima, vergonzosa,  humana  o interesante sea la pregunta;  la mayoría acaban derramándote por caminos virtuales basuras a algún foro. Los foros, ese gran vertedero lleno de faltas de ortografía dónde la gente discute y se insulta por pequeñeces sin conocerse; se critican con errores gramaticales y frases mal construidas. Dónde muere la magia de muchas buenas preguntas. Por eso me había propuesto Escribir, en un intento de hallar respuestas a las preguntas que le hago a Google en las horas inhumanas de la noche.

Sea cómo fuera; fue difícil encontrar un momento en el que L y yo estuviéramos solos. Una noche vinieron amigos a tomar algo, y estuvimos con música sentados en la mesa del comedor del piso de estudiantes, fumando y tomando cervezas, con Deep House del soundclound o del youtube. DJ internet. Poco a poco se fue haciendo tarde y los amigos fueron yéndose hasta que estuvimos solos. Disfrutaba realmente del silencio, y estaba agradablemente sumida en un tibio cansancio. Hundida en el sofá observaba  el humo de mi cigarrillo bailar delante de mí. De repente, se giró bruscamente y me preguntó:
-Dime, ¿soy tu hombre favorito?

Mis ojos se quedaron fijos: pensé en mi padre

-introduzca aquí su memoria de infancia favorita, y sáltese la mía yendo directamente a los dos últimos parágrafos del texto- o lea las mías.

Pensé en lo que les contaría de él a mis hijos (sus nietos). Les diría:

– Durante una temporada  íbamos  siempre con el abuelo al Caixaforum a hacer “el internet”.  Nunca tuvimos internet en casa y muy a menudo durante mis tempranos años de instituto nos conectábamos en esa mediateca. Pasábamos tanto rato allí que salíamos con los ojos cuadrados. La mama  miraba capítulo tras capítulo de series de forenses y asesinatos y  se pasaba él día ensoñada, pensando en incorporar huellas dactilares ajenas a escenas del crimen con cinta adhesiva. Y escuchaba mucho los Beatles, y se aprendía las letras de memoria. Y aprendía Inglés. Y cogió amor a los Smiths. Se paseaba por aquella moqueta morada entre las estanterías de discos, en aquel reino del silencio.

También pasamos con el abuelo tarde enteras, y sábados enteros en la biblioteca. El abuelo leía el periódico y la mama leía mangas. Hasta que se le quedaban los ojos cuadrados. También leía novelas. Pero tenia que tener cuidado, antes de llegar al escritorio de préstec, el abuelo tenía que revisar los libros que cogíamos (censura), y lo juzgaba por el título y la foto de la portada. Sexo y amor prohibido, la violencia no pasa nada. (Lolita nunca hubiera sido un problema). Allí me volví rara. Y mataba el tiempo entre los deberes, y novela y novela, o manga y manga. Leía la revista los Jueves en el lavabo, para que no me viera mi padre.  Buscaba cosas entre los libros que se dejaba la gente. Cómo un tíquet de la compra, un billete de tren, una postal, una carta de amor, o un informe de alta del hospital. Pedacitos de las vidas de otras personas. Y los guardaba en una caja de latón bajo mi cama. Escribía cosas  raras cómo “Cuándo estaba resfriada su fluido vaginal olía distinto” y cogía prestados 8 o 9 libros a la vez. Al llegar al tope, cogía entonces más libros prestados con la tarjeta de mi hermano, que me la dejaba a regañadientes. Y miraba hacia otro lado cuando la bibliotecaria murmuraba el nombre de mi hermano, en el momento del préstamo.

Creo que también me enamoré de un bibliotecario feo. Sólo porque era el único hombre de treinta y pocos, con el que podía flirtear de manera regular en ese oasis de horas y horas y horas de pubertad confusa y limitada.

También pensé en cuándo era más niña, y mi padre me llevaba todos los sábados por la mañana a ver los trenes en la Estació de Sants. Cuándo aún se podía ir abajo sin tener tíquets y ver todos los trenes de destinos nacionales e internacionales que entraban y salían de Barcelona. Las gentes abrazándose. Despedidas y reencuentros. Sonrisas y lágrimas y sonrisas lagrimosas.

Mi padre era El Hombre. Siempre estuvo allí, y siempre estará allí. Y todos los otros hombres hasta ahora han terminado al final desapareciendo.

L carraspeó y volví en mí. Y al ver que aún estaba esperando, me apresuré a decir: -Tú, Baby. Tú eres mi hombre preferido.Claro.

La sonrisa le llegó de gafa a gafa, pero el reflejo de los cristales me impidió durante ese microsegundo verle los ojos.

 

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Fotografía: Cyrille Druart

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