La belleza insospechada

 

nadine van der wielen

El Juez J no creía en Dios, ni en el destino, ni en la superstición, ni en la ley de la atracción, ni en el karma, ni en la mistificación del amor romántico, que causa furor en el mundo occidental. En su lugar creía en la ciencia, en el subconsciente, en el efecto placebo, el dolor psicosomático, en la falta de autoestima, el olvido selectivo y las autoprofecías que se acaban cumpliendo.

Se sentía orgulloso del realismo rotundo con el que analizaba el mundo y a pesar de su carácter melancólico, sus ojos formaban finas arrugas de felicidad cuando los pequeños placeres de la vida le hacían sonreír. Amaba la belleza y ansiaba a verla en las cosas más minúsculas, en las esquinas más recónditas. La encontraba fuera del alcance de la mayoría, que siempre acudían a los lugares comunes: amaneceres, flores, rostros frescos y juveniles, la línea de unos senos, vientres planos de mujeres delgadas
A pesar de que también disfrutaba de estas cosas, amaba la belleza insospechada de un gesto espontáneo, la caída de una hoja de un árbol, el polvo suspendido en un rayo de sol, los zapatos desordenados del trastero, que aún calzaban piernas invisibles en posiciones bizarras. Consideraba que siempre estaba allí, esperando ser reconocida y que cuando uno esta realmente atento, podía sentir que la belleza está viva.

Cuándo se sentía creativo entraba en una habitación y reseguía mentalmente los pequeños indicios de habitabilidad. Un bolígrafo con el capuchón sacado sobre el escritorio, una almohada con las marcas de una cabeza todavía impresas, una taza de té con posos, un libro abierto…
Ser racional no le impedía disfrutar del arte y poseer un alma sensible. De hecho en su opinión aquellos que  defienden encarnizadamente lo ajeno y la espiritualidad de lo místico, desprecian muy amenudo lo material, que es precisamente de lo que nuestros cuerpos están hechos. No tienen suficiente con los átomos, la energía y el tiempo. No ven lo grandioso del resultado que estos elementos en combinación han podido formar y forman. En lugar de vivir aquí y ahora, sus vidas son filtros a través de los cuáles viven prisioneros buscando señales, intentando coger el aire con los dedos.

Fotografía Zerno Roli

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