La sed de Joy Seligmann-próximamente en formato audiovisual

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Todo empezó con la sed.

Me dolía tanto la garganta que no podía tragar bien y los alimentos empezaron a saberme raros.

Me llamo Joy Seligmann,  y  nunca había tenido en mi vida la sensación de que me pasaría algo especial, de que me vería envuelta en algo

                                                                                                  raro,

                                                                                                                hasta ahora.

Cómo tantos otros jóvenes de mi generación, poco después de nacer se había estimado mi potencial genético, y en la escuela estimulado apropiadamente, teniendo en cuenta mis gustos. Todos poseemos la formación perfecta y estamos milimétricamente cualificados para nuestros empleos.  Todo el mundo tiene trabajo, alojamiento y nadie sufre hambruna pero vivímos absortos en nuestras incomodidades diarias. A menudo en invierno en el exterior de los Habitáculos hacía demasiado frío y los dedos de los pies se congelaban yendo por la calle. La nieve, cuando no bloqueaba  las vías del Transportador se acumulaba sucia en las esquinas de las calles. Los veranos eran demasiado calurosos, llovía demasiado o el cielo era gris y tampoco apetecía hacer nada. Las frutas eran ácidas, o no tenían sabor. El chocolate hacía salir granos y engordaba. Los vecinos eran siempre raros, molestos y negativos. Hacían demasiado ruido o eran unos aguafiestas y siempre se quejaban a la mínima del ruido. Los amigos querían hablar todo el rato y no dejaban al otro intervenir. O eran tan parcos que no compartían nada de sí mismos- porqué seguro que pensaban que el otro no merecía saber, o no confiaban en él lo suficiente. A veces simplemente eran tan poco  interesantes que realmente no tenían nada que contar de sí mismos y sólo chupaban de lo que el otro contaba. La lana picaba, el café era siempre de mala calidad, el agua del grifo tenía demasiado sabor, el de botella era caro, y tampoco deliciosos. En las Fiestotecas la música no era del todo buena y las personas más atractivas siempre estaban emparejadas, o eran inalcanzables. Nunca se podía dormir rápido, el sueño no era reparador y uno se levantaba cansado, con imágenes de pesadillas. A veces se tenía la sensación que  el sueño había sido bueno, pero entonces era imposible recordar su contenido. Los días de trabajo eran incabables, y por las tardes después del trabajo siempre se estaba demasiado cansado y malhumorado para hacer nada, y el tiempo corría demasiado rápido. Teníamos a nuestra disposición todos los lujos que la tecnología nos podía ofrecer, pero vivíamos una vida de solitud y tedio. A menudo pasaban días hasta que se encontraban los cadáveres de muchos de nuestros ancianos en los Simuladores de Cinco Sentidos  pornográficos.

En ocasiones  la sensación de infelicidad se disolvía un poco tras sudar al hacer deporte intenso en los largos calurosos días de verano. No rara vez se observaba también este fenómeno en los ancianos algo seniles que se olvidaban de beber. El descontento rara vez se iba del todo pero provocaba un estado psíquico anómalo también conocido cómo despreocupación. En su máximo caso, la alteración anímica es también conocida como Alegría. En estos casos se recomienda fuertemente  buscar ayuda psiquiátrica para recuperar el sentido crítico. La Alegría se asociaba a menudo al delirio por calor, alucinaciones por deshidratación, la senectud o las endorfinas secretadas al hacer deporte, entre otras cosas. Y con cada trago de agua, de salud, se volvía a habitar en la nube oscura de sensatez que tan bien conocíamos. Creo que antes esto no era así, pero no lo puedo demostrar. Tengo la sospecha de que todo empezó con la ejecución del  proyecto Potabilización Avanzada del agua.  Un proyecto antiguo que permitió a todo el planeta el acceso a agua potable y según los Nuevos Sabios fue un suceso clave para que más tarde el Estado del Bienestar Máximo tal y cómo lo conocemos tuviera lugar. Al progreso tecnológico le debemos todo. Esto lo sé a causa de mi enfermedad.  Me dolía mucho la garganta y empecé a pasar largos periodos de tiempo sin beber agua. Entonces empecé a notar ciertos simptomas. Me sentía muy viva y muy despierta.  Era cómo si mi enfermedad me estuviera liberando de una enfermedad global más grande. Lo cierto es que no fui al médico. Sabía que algo malo me pasaba, pero no quería correr el riesgo de tener certezas. Debido a mi formación, que no incluía estudios médicos ni biológicos no podía pretender saber lo que me pasaba. Pero bien era cierto que mi Formación General de Grado Elevado me permitía hacer un par de aseveraciones.  Por ejemplo, que el hecho de no poder tragar bien, sin tener signos ni simptomas de resfriado no era tranquilizante. Y en lo subjetivo  el hecho de que este “mal trago” tampoco daba la impresión de tener que ver con un episodio de amigdalitis o normales anginas.  Claro que después de todo, podría de todos modos serlo.

Durante estos “periodos”  había empezado a necesitar menos sueño y me levantaba despreocupada.  Curiosamente tenía ganas de cantar aunque no hubiera música. La gente por la calle me parecía más atractiva y amable que de costumbre, y simplemente respirar me producía placer. Tenía más ganas de interaccionar con los demás y casi todas las cosas me parecían buenas. Me imaginaba que me sentía cómo los humanos se habían sentido en el siglo XX bajo la influencia de drogas sintéticas, a pesar de que lo único que hacía era beber y comer mucho menos. Sabía que mi cuerpo necesitaba sustento y aunque sorprendentemente me sentía demasiado extasiada viviendo para realmente sufrir hambre o sed, me forzaba a beber  y a comer cosas blandas al menos una vez al día. A veces dos, si me sentía con fuerzas. Notaba que enseguida al beber volvía al estado sombrío que conocía de siempre. Sin falta. Mi default setting.

Para ir al trabajo viajaba desde años en la misma línea del Transportador y la gente era naturalmente en esas horas puntas siempre la misma. La estabilidad era tan grande que perder el empleo en nuestra época era impensable y había acabado por conocer de memoria las caras que veía en el Transportador. Mi hermana Merry, que quizás debido a coincidencias en nuestro material genético y carácter había terminado haciendo la misma Formación que yo, y tenía el mismo empleo. Para no coincidir con ella, ya desde el principio me había acostumbrado a viajar siempre en la parte de atrás del Transportador, precisamente porque para nosotras no tenía mucho sentido. La salida hacia nuestro empleo estaba en al dirección del movimiento del Transportador, con lo cual sabía que mi hermana en su gran eficiencia, cómo todos los demás que usaban esa salida, se sentaría más bien en la parte de delante y era mi manera más o menos secreta de evitarla.

Cuatro días tras el comienzo de mis simptomas era un martes, y iba cómo de costumbre a las 7:35 mí Transportador. Me senté en mi sitio de casi siempre y ví por segunda vez en mi corta vida que una de las personas que iban también en el Transportador de pie estiraba sus labios de forma rara, en media luna hacia arriba, y tenían los ojos abiertos y la cara relajada, de un modo radiante. Incluso conocía a esa persona, era Gaywell Said. Hasta mis episodios de sed no había entendido el significado de esa expresión. Ahora la reconocí porque la había tenido yo también. Era la cara que se me ponía cuando me sentía tan bien. Recordé que hacía años había visto una vez esa cara en Allegra Gil, otra pasajera de mi Transbordador que conocía porqué íbamos juntas a la Hora del Deporte. Recuerdo que me pregunté durante semanas que había sido de ella, porque había desaparecido de una vez tras ese episodio y no la volví a ver. Gaywell me miró y le devolví muy brevemente el gesto de los labios casi por reflejo. Me asusté un poco y me obligué a configurar mi rostro en mi cara de póquer enfadada habitual. Temí un poco por Gaywell, que me gustaba desde siempre. Sus rasgos eran agradables, sus gestos de una elegancia lenta casi aristocrática. En una sociedad donde todos teníamos el mismo estatus social, para mí el destacaba entre todos los demás.

Pronto empecé a perder mucho peso, y me sentía también cada vez más débil. Incluso entonces tampoco fui al médico, porque tenía miedo de poner en peligro mi nueva felicidad adquirida. Como una yonqui, me ponía a temblar ante esa perspectiva. Así que mis miembros siguieron descarnándose y mis huesos haciéndose más ligeros en un declive sin límite. Cada vez oía más comentarios sobre mi aspecto, y también me dí cuenta que en trabajo la gente cuchicheaba a mis espaldas.

Desgraciadamente Gaywell efectivamente desapareció dos días después, lo cual me avocó a muchas noches sin sueño. Quería buscarle, reunir información y encontrarle. Sobre todo quería sentir el alivio de compartir mi secreto, y que me dijera qué significaba todo. Lástima que para entonces me sentía tan débil que afrontar el día a día en sí me resultaba suficientemente agotador. Pocos días después dejé de ir al trabajo.

Un día tocaron el timbre en mi puerta y me llevaron a la Clínica por la fuerza.  De poco sirvieron mis débiles protestas contra las cinco personas del Cuerpo de Ambulancia, que me llevaron a volandas. En el hospital o cómo les gustaba llamarlo ahora Centro de Salud me pusieron vías periféricas y empezaron a nutrirme e hidratarme. Lo siguiente que sucedió fue que apareció un psiquiatra que intentaba averiguar cuál era el motivo por el que “me estaba muriendo de hambre”. Al oír mis simptomas me sometieron a un escáner que reveló un cuerpo extraño, a lo que siguió una biopsia que acabó diagnosticándome un cáncer de esófago.  En total llevaba cinco minutos en el hospital y ya estaba diagnosticada y en tratamiento.

Me debatí internamente por  hablarle de las demás cosas al psiquiatra. Temí que banalizara mis sentimientos cómo delirios por deshidratación y desnutrición. Sobretodo porque yo misma tenía dudas.  Quizás Allegra se había mudado- y por muy improbable que fuera- que Gaywell estuviera enfermo esos días en los que ya no le vi más en el Transportador. De todos modos acabó conmigo un desequilibrio del potasio a acusa de la malnutrición. De mis muchas células rotas salía tanto potasio que me provocó un desequilibrio cardíaco. El cáncer me hubiera matado seguramente después, pero por lo visto no me trataron a tiempo en el hospital. Recuerdo que en mi último día con las vías puestas, yaciendo en aquel camastro trataba de acordarme de ese sentimiento de Alegría, y creo que había empezado a cultivarlo con gran debilidad a pesar de la hidratación que me daban por la vena.  Al menos morí siendo feliz. Qué tampoco quería decir estar contenta todo el tiempo, pero era capaz de elegir conscientemente mi estado de ánimo. Decidir activamente que las pequeñas cosas no merecieron mi disgusto infinito.

*Àrboles muertos en el lago Khao Sok-octubre 2015

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